He andado veintitantos kilómetros para llegar al pueblo pero la vuelta la quiero hacer en autobús que ya esta bien, pero llego a las una y cinco, ya se ha marchado y el siguiente sale a las 5, así que pateo el pueblo
Enclave espectacular, pueblo situado en un escenario de película o que era de película; una camarera que me clava 4,50 por un bocadillo porque el bar tiene el rollo añejo, familiar, de pueblo… y eso lo tengo que pagar. Mucho ciclista y senderista, también turistas y hippies que buscan contacto con la naturaleza.
Enclave de película o que era de película, porque como siempre la gallina acaba estrangulada y la urbanización se ha pasado un pelín. Más allá Sierra Nevada, la selva de verdad.
Aun me duela la clavada del bocadillo, ¿tengo cara de tonto, de alemán, me tengo que resignar al impuesto revolucionario al turista?
Queda mucho tiempo para que salga el autobús bajo al río y aunque hace frío lo soporto, me alegro de la caminata, todos deberíamos un rato a la semana escuchar el sonido del agua, me relaja, me llega el momento de inspiración que no he tenido durante la semana y ahora no me importa ni las horas andando ni la clavada del bocadillo. Tenía que haberme sentado en el río hacía mucho tiempo, no se porque he esperado tanto, alcanzo el punto místico y agradezco haber perdido el autobús. Tengo que sentarme junto algún río más a menudo.